miércoles, 23 de marzo de 2011

Carta de año nuevo

Para Alan Alamillo García.

18 de enero de…

Querido Emiliano,

Espero no sea tarde para desearte feliz Año Nuevo, para enviarte calurosos saludos y buenos deseos… Siempre he pensado que es bueno comenzar el año, el mes, la semana, con planes y entusiasmo, así que compré una agenda de elegante cubierta negra, a fin de no pasar por alto las cosas por hacer y entre fecha y fecha en la agenda, llegué al 12 de abril, cumpleaños de mi marido; al 8 de agosto, cumpleaños de Israel, mi hijo mayor y al fin, al 5 de octubre. Cumpleaños de Emiliano, me dije. No me explico cómo, después de tantos años, vino a asaltarme el recuerdo de cumpleaños, y con él, entre las tinieblas de mi memoria, el resplandor de tu rostro infantil se abrió pasó. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? En el patio de la escuela, a la hora del recreo. Ahora que lo pienso, tuve tanta suerte aquel día, a pesar de ser de grados distintos acudimos al feliz encuentro. A partir de entonces todo fue cuestión de jugar a las coincidencias, de caminar por el mismo pasillo y saludarnos con fingida sorpresa; de pasar por delante del salón del otro, y ya luego el buscarnos sin pretexto… Me sonrío al recordar aquella niña abordándote por la espalda, cubriéndote los ojos con las manos, adivina quién soy, te decía al oído, y tú la sujetabas de las muñecas y teniéndola muy cerca, descubrías la identidad de aquella niña, de aquella niña que era yo, y tus manos se entrelazaban con las mías, jugaban a pelearse, a hacerse daño, a no soltarse… ¿Recuerdas la rutina de cada día en la escuela? Hacer filas, aquí el primer grado, en seguida el segundo y así hasta el sexto. Una fila de niños, una de niñas, y entre las filas, los niños, ¡tantos niños! Descubría tu rostro sonriente, hasta que la voz estridente nos obligaba a avanzar al salón, a ya no vernos, a esperar hasta la hora del recreo para volvernos a encontrar… recreo, medía hora de ti, ¡sólo media hora! Y el campanazo nos volvía a separar hasta la hora de la salida, en la que quizá no alcanzaría a divisarte antes de que te marchases a casa… Y un día, esto lo recuerdo, un día, después de alejarme de la escuela resignada a no verte hasta el día siguiente, llegué a la calle donde esperaba el autobús y ¡oh, sorpresa! Ahí estabas con mochila, uniforme, y con todo tu esplendor, y desde ese día ya siempre ahí, en la parada, y más aun: tú, Emiliano, esperándome a la salida de la escuela, para ir a esperar un camión que tú no tomabas… ¿Recuerdas el anillo? Aquel anillo azul que no valía ni tres pesos. Está aquí, mi mano se aferra a él justo ahora… el día en que lo llevé a casa conmigo llovía mucho. Forcejeamos por ese anillo, ¿te acuerdas? Hasta que hiciste como que perdías, y yo hice como que ganaba y el anillo me acompañó hasta la casa, y en la sala de estar, el anillo, tesoro de mi tesorito, pasaba de una de mis manos a otra y yo que no podía dejar de sonreír al pensarte, y el sonar del teléfono me sobresaltó, y me dio un vuelco el corazón cuando oí tu voz del otro lado. Vacaciones. Placer de muchos desgracia para nosotros, Emiliano, sería mucho tiempo sin vernos… devuélveme mi anillo decías. Ven a mi casa, anda que debemos hablar. Anda ven que te tengo una sorpresa… pero ya ves, vacaciones. Ese mismo día salimos de casa con rumbo a casa de mis abuelos. Dos semanas después, bajo quién sabe qué pretexto, corrí a tu casa con el anillo azul en mano. Vacía. Tu casa estaba vacía, Emiliano. Poco supe del por qué de tu desaparición. Se mudaron, dijo algún vecino. No puede ser, pensaba yo. Nosotros íbamos a vernos, ibas a decirme algo, ¿qué cosa era, Emi? ¿Aun puedo llamarte Emi? ¡Ay, tantos recuerdos! Pero debo dejar de escribir, ya no puedo escribir mucho sin sentir alfileres clavándose en mis nudillos… Sólo he de anotar en la lista de pendientes buscar tu paradero, pues sino ¿a qué dirección he de enviar esta carta? Sara.

domingo, 19 de diciembre de 2010

V.N.

La habitación ya esta en penumbras. Es mejor que esté así, para no ver el desorden de cosas que se acumulaban aquí y allá; ropa que no terminaba de ser clasificada en limpia o sucia, cartas sin leer, revistas y periódicos que compro y nuca leo, y que, si tienen suerte, les derramaré café frío de las tazas que cada día son más y que se acumulan junto al ordenador. Sería distinto, o menos miserable, contigo aquí, en mi cama, conmigo, como los días y noches de antaño en que no me cansaba de que me contaras de todos los lugares y personas que has conocido, de todos los paisajes que veo a través de tus palabras… pero no estas. Y aquí hace un calor del demonio que no se aplaca ni porque llueve afuera y el agua de lluvia se filtra por las tres goteras que hay en mi cuarto, ¡plac, plat, plas! Y ahí está el gato de nuevo, miau, quiere cenar, deja bolas de pelo por los rincones, rasga los sillones, otra vez...
“De otro(s)…” he sido de otros. Me he sumergido en ellos con el ansia de apagar la sed que me causa tu recuerdo, pero, ¡ay! No son como tú. No huelen a ti. No hablan como tú. Y es que no son tú…
Te busqué. En los lugares que frecuentas, en las calles, para toparme contigo como por casualidad y, una tarde, presa ya de no sé qué nostalgia, fui al lugar donde te vi por primera vez. ¡Ay, luz de mi vida! Soñé que el mundo se acababa y no volvía a verte más, ¡perecías! Tu frágil cuerpo no pudo resistir. No más páginas, no más portaba. Qué decir del lomo, que ya no podría acariciar para que te estremecieras de cosquillas, ¡no más!
Con sobresalto abro los ojos en medio de la obscuridad. Ahora recuerdo que esta tarde he ido a por ti, con febril ansiedad te saqué de aquel estante. Pip, la credencial, pip, el libro.
–Para el primero de noviembre.
–Gracias…
¡Hágase la luz! Sal de la mochila, ven a la cama, y háblame hasta que el sueño nos lleve a los paisajes que describes.

lunes, 25 de enero de 2010

Twilight Mirror

—Mire usted esas nubes del ocaso: cómo van y vienen. Hace horas que es el ocaso, ¿no es cierto? Siempre me ha gustado el ocaso, ¿sabe? Suelo tomar siestas por la tarde, pero siempre despierto a tiempo para ver el ocaso. Pareciera que en ése momento la noche y el día estuvieran en perfecta comunión, ¡pero duran tan poco!
Silencio.
—Hace poco que desperté de una siesta de las mejores que he tenido... disculpe que me atreva a contarle, no pretendo aburrirle, pero es que fue tan reparadora… empezó un poco mal, si: después de un día ajetreado me recosté pesadamente sobre mi lecho con el fin de dormitar o con un poco de suerte dormir profundamente, pero no había pasado ni un minuto cuando reparé en un objeto que se clavaba en mi costado y que me impedía conciliar el sueño. Así que tuve que levantarme, muy a mi pesar, con el fin de retirar aquello, fuera lo que fuera, a fin de dormir plácidamente; pero para mi sorpresa nada había ahí, excepto mi cama, lisa y suave.
Silencio.
—Sin embargo seguía ahí, el “malestar” quiero decir, en mi costado, clavado entre mis costillas y ni al cambiar de posición cesaba, antes lo sentía pesado, aplastante, y aunque tratase de ignorarlo no lo conseguía, pues hacia ruido, un constante y monótono ruido, como el de un molesto mosquito en una noche de verano.
Silencio.
—Tuve que actuar. Me levanté nuevamente, y, sentado en mi cama, con una certeza bárbara de lo que me molestaba, introduje mi mano en mi pecho a fin de sacar, sanguinolento y groseramente palpitante, un corazón tibio. Lo puse en mi mesa de noche procurando no manchar los libros que ahí había, y me dispuse a dormir. Ya recostado comprobé con placer que había acertado en el estorbo de mi buen dormir. Y ahora heme aquí, en éste ocaso perpetuo.
Sonrisa.

martes, 6 de octubre de 2009

De modismos y complejos




Para C. Murphy.

Analógicamente hablando, podemos decir que la lengua española (sólo por reparar en esta, porque en realidad se aplica a todas) es un juego de lego en el que las piezas pueden llegar a ser infinidad de figuras: una casita, un robot, un auto, un árbol, o hasta un niño. La lengua española posee las mismas características de flexibilidad, mismas que podemos notar en el habla de las personas de una comunidad a otra.
Recuerdo, especialmente, una charla con un estadounidense que se encontraba en México impartiendo clases de inglés. Mi interlocutor, con su español “infantil”, me contaba la desesperación que le causaba la lengua española. “En México tienen seis formas de decir puerco” me decía, y en su mima presencia comencé a enumerarlas “1.- “puerco”; 2.- “cerdo”; 3.- “cochino”…” me divertí al notar como los sinónimos atormentaban al estadounidense, le irritaba que el español fuera tan distinto de Guadalajara a Monterrey, de Colombia a España, de Chiapas a Lagos. “¿De donde eres” me preguntó en medio de la tertulia “de aquí de Lagos” contesté, y estalló nuevamente en cuestionamientos, no comprendía por qué el termino “laguense” se aplica tanto en femenino como en masculino, y que en cambio en Guadalajara se decía a la gente “tapatío” o tapatía” según el género. Aseguraba, además, que el español hablado en España era mucho más formal que el utilizado en México, a lo que respondí resaltando la influencia indígena que tiene el español, y que ésta también varía según el estado de la Republica Mexicana, pues “los mayas, que habitaban desde la península de Yucatán hasta Guatemala eran alrededor de veintiocho grupos y cada uno tenia su propia lengua” le dije. “No, no, that’s crazy! In English there is one name for one thing” aumentaba su exasperación, “ahora el pavo, en otros lugares le dicen, gua…” “guajolote” le interrumpí “esa es precisamente una palabra de origen indígena”
Realmente podría extenderme más, ya que la dificultad de español es el tema de conversación favorito de los extranjeros, y mi amigo angloparlante, en particular, nos ha nutrido con su infinidad de comentarios al respecto; pero el punto a resaltar es que mi amigo tenía razón al observar que el español varia según el lugar, en Nayarit, por ejemplo, la expresión “echar agua” sería el equivalente en Jalisco de “echar reja” o “echar lío” en algunos lugares de Guanajuato. En esta parte podría detenerme a relatar la situaciones curiosas que he pasado con mis compañeros que vienen de otros estados a estudiar a Lagos, a los cuales les causa mucha gracia la “forma cantadita” que tienen de hablar los habitantes de Lagos, o aquellas en las que les escucho expresiones como “ideático” o “aporreado”,entiendo la primera como un adjetivo aplicado a las personas que constantemente tienen ideas extrañas (que en lo particular lo entiendo como “ideoso”); y la segunda al estado de cansancio que los músculos del cuerpo pueden llegar a experimentar después de ejercicio al que no están acostumbrados, cuando yo lo utilizo para las situaciones en las un perro que se había “aporreado” con otro y había quedado “aporreado”. Y muchas particularidades más, como la de los compañeros de Michoacán que responden de forma tan espontánea el “¡si, pies!” o el “no, pues” que a veces me descubro empleando.
Otro expresión que con gran generosidad nos han atribuido es la de “ocupo” en lugar de “necesito”, porque, ciertamente, el verbo “ocupar” se refiere a abarcar un lugar en determinado espacio “ocupar un asiento”, por ejemplo, y sería incorrecto decir “ocupo decirte…”. Pero como venia yo diciendo, aunque la frase se considere laguense, la verdad es que es utilizada por habitantes de otras ciudades de Jalisco y también por habitantes de otros estados. Y sería muy bueno preguntarnos por qué la tendencia a decir “ocupo” en lugar de “necesito” ¿será que una gran soberbia y una poca humildad nos imposibilitan para admitir que “necesitamos” determinadas cosas, por muy pequeñas que estas sean? Y para mitigar este orgullo mejor utilizamos la palabra “ocupo” para dar a entender que requerimos ciertas cosas, y a la vez evitar hacer notar que estamos “necesitados”. O quizá, por otro lado, la cortesía está presente en el vocabulario y con gran sutileza se dice “¿qué ocupa?” para no ofender a la persona a la que nos dirigimos al decirle “¿qué necesitas?” que bien podría interpretarse como “¿de qué eres carente?”
Resulta muy interesante hacer este tipo de reflexiones lingüísticas, y ya para finalizar me gustaría repetir las atinadas palabras de un amigo “el usuario hace el lenguaje” y “¡qué bonito es el español!”

Lucía Cruz Granados.

domingo, 24 de mayo de 2009

El bibliotecario

Después de acomodar algunos libros más en sus respectivos estantes, sería libre de salir al cobijo de la noche para entregarse al delicioso menester de inhalar y exhalar el humo de un cigarrillo. Tales asuntos ocupaban la mente del bibliotecario y no se percató de que había entrado una persona a la biblioteca.

–Disculpe, señor, pero La Biblioteca ya ha cerrado. – le dijo cortésmente al ver al recién llegado envuelto en la penumbra del edificio.
– ¡Oh! Lo siento mucho, Gerardo. Se que estas por salir pero de verdad necesito hablar contigo, ¿tendrás un momento?
–Claro, Roberto, te escucho. – dijo en tono familiar, sin dejar de hacer su trabajo.
–Verás. Supe, de muy buena fuente, que La Biblioteca adquirió recientemente cierta documentación que, por derecho, pertenece a la familia Moreno, y he venido a recogerla. – Dijo Roberto clara y severamente.
– ¿Cómo dices? – dijo Gerardo perplejo.
– Vamos, Gerardo, somos adultos, apuesto a que podemos hablar claro entre nosotros. ¿Dónde está? ¿Dónde la tienes? – preguntó mirando de un lado para otro, y sin esperar respuesta prosiguió a caminar hacia una habitación al fondo de la biblioteca en cuya puerta se podía leer “Dirección”
– No puedes ir hacia allá, Roberto, ¡alto! – Dijo Gerardo dejando de lado los libros que tenía en la mano y se apresuró a seguir a Roberto sin poder impedir que accediera a la oficina.
– ¡Te lo advierto, Roberto! Esos documentos no te pertenecen, ¡son propiedad de la Biblioteca! – dijo tratando de quitarle los documentos a Roberto.
– ¿Por qué te resistes, Gerardo? Serás recompensado, lo prometo, sólo permite que me los lleve, ¡dedo destruirlos! – decía mientras forcejeaba con el bibliotecario, que era más alto que él y de gran fuerza, por lo que sintió necesidad de echar mano de “¡algo pesado!” pensó mirando de un lado a otro, reparando en un objeto de cristal que posaba sobre el escritorio de la oficina, lo tomó sin mayor trabajo, pues la fuerza de Gerardo lo empujaba hacia atrás, y lo fue a estampar en la cien de Gerardo, quien cayó de inmediato al suelo, Roberto notó que también un ojo le sangraba además de la cien que mostraba una gran mancha negra. Se asustó pensando en la idea de que estaba muerto, pero no se atrevió a comprobarlo, mil asuntos le pasaban por la mente, “Cárcel, familia, amigos, vergüenza…” miró alrededor de la oficina: un cuarto abarrotado de libros y archivos, con apenas un espacio para el escritorio, en el que estaban muchos papeles viejos, un lámpara y “¿un encendedor?” una idea siniestra le pasó como rayo por la mente: tomó el encendedor y comenzó a quemar los documentos que tanto había querido encontrar y notó que le temblaba la mano, una página envuelta en llamas cayó sobre el escritorio, y los papeles raídos sobre él no tardaron en arder también, y Roberto de pronto se asustó, “¡provocaré un incendio!... Un incendio, ¡eso es!” echó una mirada rápida a los libros que llenaban la habitación y les compartió algo de fuego también, y haría otro tanto con los estantes de fuera, pero antes de salir de la habitación le dedicó una última mirada a Gerardo
–Lo lamento, Gerardo… lo lamento – y se volvió yendo a los estantes de la Biblioteca, dejando un tanto de fuego en la hemeroteca, la fonoteca, y todo lo que a su paso encontró, para luego salir corriendo del lugar.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Lunática

Las noches de luna siempre fueron motivo para caminatas en el bosque, lejos de la iluminación de la ciudad que obstruye la vista del cielo nocturno, y aquella noche no tendría por qué ser la excepción.

La fría blancura de un manto grueso lo cubría todo, pero esto no impidió que saboreáramos la nieve de mantequilla con mermelada mientras caminabas a través de los susurros de los pinos que nos azotaban el rostro con rasguños minúsculos.

— Anoche soñé que era un elfo, que miraba con admiración la luz de las estrellas mientras caminaba descalza sobre tierra húmeda. Y mis pies y cabellos irradiaban una luz plata, tal como lo describe Tolkien.
— ¡Ja!

Llegamos al “Final del Mundo” por cuyas faldas corría un riachuelo cascabeleante y más allá podíamos ver cómo se erguían los pinos susurrantes. La cuesta nos había dejado jadeantes, aspirando con tal ansiedad que mi pecho ya era un bloque de hielo cuando nos sentamos en el borde del peñasco: mi corazón galopaba cerca de mi oído y hundiendo mis dedos en la nueve no dejaba de pensar en lo desgraciados que eran los Elfos al ver la crueldad de los Hombres. Luego me fui, y un segundo después estaba tumbada en la nieve llamándolo:

— ¿Eddy?­­— jadeos.
— ¡¿Eddy?!

No sabría decir que pasó luego de que me hundí en plata, después del apresurado filme tatuado en el interior de mis parpados, luego de que escuchara un voz familiar, una voz extasiada: la mía, pronunciando una última verdad revelada sólo a la Luna.

miércoles, 6 de mayo de 2009

LA MERIENDA

(Sólo para conocedores)

Porque también los héroes comen, duermen
y hasta tienen miedo…

La diferencia entre el valiente héroe
y el resto del mundo,
es que él actúa a pesar del miedo.

Su frugal merienda estaba compuesta por una botella de leche y una porción de pan. Recordaba con cariño a una buena amiga que, después de visitarla y haber hecho música juntos: ella cantando y él al instrumento de viento, lo despidió con tales regalos.
Ofreció de sus alimentos a su compañera de viaje (¿qué habría sido de él sin ella?), quien no los aceptó, pues ella, decía, se alimentaba de semillas y bebía del néctar de las flores. Entonces cedió el pan a su segunda compañera, silenciosa y dócil, y él había ido al río a atrapar un pez en una botella, mismo que sería cocinado en un fuego obtenido mediante magia, por supuesto.
Después de la merienda acudió al refugio de un árbol a descansar y ver cómo el sol caía perezosamente sobre el valle legendario, mientras las palabras de su interlocutora flotaban como polvo de cristal, arrullándolo, sumergiéndolo en imágenes de ensueño: el insondable mar al horizonte… la tierna risa de una amiga… una “desconocida” familia… un guardián herbal, conocido en un pasado, o en un futuro… y hasta princesas, una en especial de obscura belleza…
Su amiga también contaba melodiosamente la historia de La Familia Real, resaltaba la importancia de la valentía y a veces dejaba notar entre sus versos el peso del destino que la había alejado del Bosque, su hogar, lo que le causaba terrible nostalgia.
Él, por su parte, bajo el encanto de aquella alada voz, hablaba de su vida en el Bosque, entre el desprecio de sus iguales y la protección de El Guardián.
Pronto se quedo dormido contemplando a su yegua pastar, y en un sueño se vio a si mismo cabalgando a través de un bosque mientras la nostalgia y el desasosiego le contraían el corazón al buscar y no poder encontrar… Al abrir los ojos ahí estaba ella, despertándolo como el día en que se conocieron, sacándolo como siempre de sus pesadillas…

– ¡Al fin despiertas! Hemos de ir al encuentro del Tiempo.

Link abandonó en árbol que lo cobijaba y montando en Epona pensaba para si que ni siquiera el menester de vencer a El Señor del Mal pesaba tanto si se contaba con tan buenas amigas.
Fin (?)

Lucía Cruz Granados